Cómo enviar un libro a una editorial

Cómo enviar un libro a una editorial y que sea leído por un editor

Como autores es importante que seamos meticulosos a la hora de enviar nuestra novela o nuestro libro de relatos a una editorial. Lo ideal es que queramos que vaya impoluta. Que haya pasado por las manos de un corrector profesional. Que posea el formato adecuado. Asimismo, procuramos redactar una carta de presentación en condiciones y no nos importará repetir la mecánica las veces que haga falta con las editoriales que consideremos viables. Si el objetivo es editar un libro, pues no tenemos más remedio que orientarnos por ese protocolo e ir «probando suerte».

Sin embargo, seguir un protocolo no nos garantiza nada. Es imprescindible, sí, porque dirá mucho de nosotros y de nuestro manuscrito. Pero al final de cuentas va a ser el contenido, entre otros factores ajenos a nuestra voluntad, lo que determinará que se nos publique o no. Por eso mismo, no nos debemos olvidar de lo fundamental: la historia o las historias que queremos «vender».

Para ir ampliando este tema podríamos decir que, antes de quebrarnos la cabeza buscando editorial española para nuestro libro, habría que cerciorarnos de que lo hemos escrito «merece» ser publicado. La apreciación de la literatura es un hecho totalmente subjetivo, con lo cual es muy difícil establecer parámetros sobre lo que es o no literatura, sobre lo que es o no publicable. No obstante, muchas editoriales sí que tienen establecidas esas pautas, sí que tienen más o menos claro lo que desean publicar y lo que no. Por es mismo, si nuestra idea es que nos publiquen, saber cómo funcionan las editoriales y el mundo editorial en general es fundamental. No hace falta que nos obsesionemos por querer saber hasta el último detalle, pero sí es recomendable que tengamos ciertas nociones al respecto.

Dicho esto, ¿qué aspectos nos pueden beneficiar para que nuestra novela o libro de relatos despierten el interés de un editor o agente literario? Veamos algunos de los más importantes:

 

1. El lenguaje

Es decir, el registro lingüístico que empleemos para nuestros escritos. Como autores, no hay nada más importante que «dominar» y «conocer» muy bien el lenguaje, puesto que es nuestra «herramienta de trabajo».

No estamos hablando de erudición, estamos hablando de usarlo con propiedad, de saber cómo construir —con palabras— un discurso narrativo legible, coherente y atractivo. Si nuestra novela está escrita con un lenguaje demasiado elaborado, denso o rebuscado, podemos provocar rechazo.

Muchas veces, cuando empezamos a dar nuestros primeros pasos en la escritura, creemos erróneamente que así es como se escriben los buenos libros: con una retórica rimbombante, barroca o extremadamente poética. Así que nos dedicamos a acumular palabras grandilocuentes, a repetir patrones un tanto arcaicos y a emplear un estilo impostado en nuestra escritura. Por otro lado, puede ocurrir todo lo contrario: nuestras carencias en cuanto al uso del lenguaje provocarán que elaboremos un discurso demasiado elemental, manido y escueto. Y eso es algo que un editor no dejará pasar por alto.

Como en muchos aspectos de la vida y de la creación, lo más recomendable sería buscar un equilibrio y evitar a toda costa los extremos. Ahora bien, si más allá de esto, tu manuscrito está mal redactado, con erratas, errores de puntuación o de acentuación, quizás sea mejor no tomarte la molestia en enviarlo.

 

2. El comienzo de nuestra novela

Si en las primeras dos o tres páginas no hay nada que mueva al editor a continuar leyendo, tenemos un problema importante. Podríamos decir que prácticamente estamos «echando a perder» nuestro propio libro. Para que eso no ocurra, procura esforzarte en el inicio de tu historia no sea endeble; es decir, que contenga al menos una especie de «suceso desencadenante» que motive al editor a querer saber qué es lo podría pasar a raíz de ello. Este suceso desencadenante (un accidente, un encuentro fortuito, un asesinato, un pelea, etc.) hará que empiece a «ocurrir» la historia.

Si prolongas ese momento, empleando descripciones de paisajes, recuerdos de la infancia del protagonista sin venir a cuento, o un discurso deliberado y lleno de reflexiones que no concrete o que no tenga que ver con la trama, ten por seguro que el editor se despistará, decida no perder su tiempo y pase al siguiente manuscrito.

 

3. La historia en sí

No solo se trata de redactar bien, de construir un discurso equilibrado, se trata también de lograr contar algo que no haya sido contado antes. Da igual la temática. Puede ser el amor, la muerte, el racismo, las injusticias, el capitalismo, la soledad, etc. Es igual. Lo que debe prevalecer es la arista. Es decir, la faceta que queramos mostrar y que no haya sido mostrada antes una o más veces.

Si vamos a invertir años en acumular cientos de páginas con una historia que no aporte nada novedoso, no llegaremos a ninguna parte. El mercado editorial puede ser desconcertante, es verdad. En muchos casos, no todo lo que sale a la luz posee una calidad estética admirable. Está el caso de los tan criticados o polémicos best-sellers, por ejemplo. Aunque ojo, no nos equivoquemos.

Quizás nos dejamos llevar por lo que se dice, pero muchos de esos autores conocen a la perfección el oficio de la escritura y saben cómo llegar a públicos mayoritarios. De lo contrario, ninguna editorial los publicaría. Así de sencillo. En fin, volviendo al punto, muchas de las editoriales, además de lo ya dicho, tomarán en cuenta que nuestra historia esté bien construida (desde el inicio), que los hilos de la trama estén bien atados, que sea novedosa, que esté bien contextualizada (si tiene un trasfondo histórico, social, artístico, psicológico, filosófico… siempre es un punto que valorarán positivamente) y, sobre todo, que sea funcional. En otras palabras, que su lectura no suponga un agobio o una serie de momentos de perplejidad o desconcierto. Que no demande demasiado del lector.

Así que, antes de enviarla, tómate un tiempo para revisarla, dala a la leer a amigos o conocidos para tener puntos de vista heterogéneos, prueba a ver cómo es recibida, qué sensaciones produce. De esta manera, tendrás un panorama más claro y sabrás si vale la pena o no seguir buscando ese anhelado momento.

 

4. Las influencias mal depuradas

Muchos de los grandes escritores, esos que han dejado huella en la literatura, llegaron a desarrollar un estilo propio que es casi imposible de imitar. Pero debido precisamente a eso, al éxito de que se sigan leyendo por generaciones y generaciones, y por las características de su literatura, se prestan perfectamente para ser imitados. Pensemos en Borges, en Cortázar, en Bukowski, en Carver, en Palahniuk, en Tolkien, en McCarthy o en Vallejo, si lo tuyo es la poesía, por ejemplo.

No hace falta ser un editor experimentado para que, luego de leer un primer capítulo, se detecte una serie de reminiscencias a alguno de esos escritores consagrados o popularmente conocidos. Y eso es precisamente lo que no están buscando los editores. Todos los escritores se alimentan de otros escritores, que no te quepa duda.

Sin embargo, lo más recomendable es que aprendamos de ellos, que detectemos sus recursos, que seamos capaces de asimilar sus estilos y, a partir de ahí, nos esforcemos por generar uno propio. Un estilo, pues, que nos identifique. He ahí un gran paso para un escritor: saber cuándo está imitando y cuándo está logrando algo novedoso.

 

5. La extensión

¿Sabías que Juan Rulfo es mundialmente conocido por haber escrito un par de libros y un guion cinematográfico? Se dice que el escritor mexicano un día cualquiera se pronunció públicamente frente a los periodistas y críticos de su época, y sentenció: «Ya he dicho lo que tenía que decir, no hay más». Bien, ¿a qué viene esto? Uno de los casos frecuentes con los que se topa un editor es que a su bandeja de entrada llegan archivos de novelas de escritores desconocidos o principiantes de extensiones realmente asombrosas. E incluso, no un archivo sino dos o tres, correspondientes casi siempre a trilogías o sagas.

Y esto casi siempre despierta sospechas en el editor ya que, en la mayoría de los casos, esta característica se asocia al desconocimiento del autor por construir una novela, a su inexperiencia o a su ambición desmedida. Ahí aparecerán páginas y páginas de descripciones, diálogos prolongados que no cumplen ninguna función, disgregaciones, ornamentos y sucesos que no aportan nada o aportan poco a la trama, etc. Una buena novela nunca será aquella que más páginas acumule sino aquella en la que se cuenta una buena historia en las páginas justas.

 

Si luego de leer esto, sientes que alguno de estos puntos te es familiar, quizás sea el momento de sentarte y examinar una vez más tu novela. Nunca está demás una última revisión y evitarse así encontronazos inesperados. Por otro lado, si cuentas con los recursos, quizás podrías acudir a un profesional del sector editorial para que te redacte un informe literario y así salir de las dudas. En el caso de que estés en pleno proceso de escritura, también existen agencias editoriales o escuelas que ofrecen servicios de tutorías o de cursos de narrativa, los cuales vienen bien para resolver tus dudas, enmendar tus fallos y guiarte por el camino correcto en la consecución de un objetivo tan importante como escribir un libro y publicarlo.

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