El papel del corrector ortográfico

Uno de los problemas más peculiares para un corrector de ortografía profesional se debe a la expectativa de quien contrate sus servicios. Si trabaja como corrector de planta para una editorial, no lo tendrá tanto. La editorial, en este caso, ha depositado su confianza en él. Pero no ocurre lo mismo cuando trabaja como freelance y debe asumir encargos de todo tipo, no tanto para otras editoriales sino para particulares.

Gracias al auge de autopublicar libros o coedición, el número de «autores» es excesivo. Todo el mundo quiere ver publicado su libro y ya no hace falta que lo haga mediante una editorial tradicional o ganando un certamen literario. Opciones de cumplir este sueño, abundan.

En términos generales, dentro de este tipo de autores, hay tres categorías:

  1. aquellos que están conscientes de que todo libro debe ser corregido por un profesional
  2. aquellos que se conforman con que lo corrija o «revise» un amigo, familiar o conocido «culto»
  3. aquellos que no lo consideran tan necesario y confían en sus habilidades para la escritura

 

Afortunadamente, las dos últimas categorías se están reduciendo cada vez más. Por muy amateurs que sean, muchos nuevos autores se esfuerzan para que su libro no sea «un libro más». Hay muchísima información sobre tarifas de corrección de textos y de estilo en Internet, misma que sirve de guía. Gracias a ella, encuentran imprescindible el trabajo de un corrector profesional.

Asimismo, saben que un amigo, por muchos conocimientos tenga del idioma, lea mucho o redacte con propiedad, no es una garantía. Esto produce que los servicios de un corrector profesional sean buscados. En ese sentido, el panorama para un corrector freelance no es —o no debería ser— malo. Hay demanda. Hay trabajo.

 

Tarifas de corrección de textos y el papel del corrector

Sin embargo, no todo es un camino de rosas. Que un nuevo autor sepa que para ser publicado debe contratar un servicio profesional, no le garantiza en absoluto al corrector de ortografía que ese texto tenga un nivel aceptable de escritura.

Sucede que en muchos casos la expectativa de estos nuevos autores va más allá de lo habitual. Ello se debe casi siempre al desconocimiento que tienen de lo que significa una corrección ortográfica y ya no digamos una corrección de estilo. Sí, porque una cosa es corregir un manuscrito y otra es obrar un milagro y prácticamente «rescatarlo».

El papel del corrector, generalmente, consiste en reparar o enmendar aquellos fallos puntuales que pueda tener un texto. Tratándose una novela de un autor experimentado, por ejemplo, las intervenciones del corrector deberían ser pocas. Su rol es detectar los descuidos, teclazos, espacios, omisiones involuntarias de ciertas partículas (una tilde, un artículo, un «s» final, un conector), separaciones de palabras unidas, concordancias, en fin… que se le hayan podido pasar durante el proceso de escritura.

Por otro, unificar criterios: cursivas, redondas, negritas, guiones, títulos, subtítulos, mayúsculas, comillas, etc. En términos generales, se podría decir que el corrector ortográfico debe cerciorarse de que el texto quede pulcro, perfectamente legible y presentable.

¿Pero qué pasa cuando el manuscrito requiere una serie de intervenciones constantes en cada uno de los párrafos? Eso ya rebasa la labor para la que ha sido contratado. Eso, en resumidas cuentas, raya los terrenos de la reescritura.

 

La responsabilidad del autor en la corrección ortográfica

Dicho lo anterior, el corrector profesional se puede ver en una situación complicada. Muchos de estos autores no se han preocupado por adquirir ciertos conocimientos previos para dedicarse al oficio de la escritura. Desconocen los parámetros del género y están convencidos de que escribir es una labor como cualquier otra. Ignoran que lograr una buena novela o un buen libro de relatos pueda suponer una tarea compleja. Simplemente se dejan llevar por lo que creen que saben, «cegados» muchas veces por alguno o varios de los siguientes supuestos:

  1. lecturas mal interpretadas o carencia de ellas (sí, hay quienes afirman que leer no va con ellos)
  2. influencias mal asimiladas o imitación desmedida
  3. desconocimiento
  4. urgencia por reconocimiento
  5. necesidad de pertenencia a un colectivo
  6. empirismo
  7. falta de talento

 

¿Y qué es lo que sucede? Pues que da la sensación de que escriben sin preocupaciones. Por si fuera poco, en un gran porcentaje sus textos son extensos (300 o más páginas). Pareciera que redactaran confiados en que si cometen errores, «pagarán» para que un profesional se encargue de ellos.

Elaboran un discurso narrativo a tientas, evidenciando carencias de todo tipo, tanto de forma como de fondo, tanto a nivel ortográfico como estilístico. Por eso mismo, los resultados casi siempre dejan mucho que desear. Pocas veces llegan a un nivel aceptable.

En ese sentido, el trabajo que deberá realizar el corrector ortográfico se aleja de los estándares establecidos. Ya no se trata de corregir, se trata de «auxiliar» al autor en su intento por convertirse en «escritor» cuando quizás no esté capacitado para ello.

 

Los límites de la corrección ortográfica

Llegados a este punto, cualquiera podría decir: «Bueno, si la novela o el manuscrito es realmente malo, el corrector ortográfico no debería asumir el encargo». Sí y no, porque aquí entra al ruedo un aspecto adicional. Por muchas razones, el trabajo de los correctores profesionales no siempre ha sido valorado como debería.

En el caso de correctores freelance, se entiende que deben contar con varios clientes para poder llegar a fines de mes. En épocas difíciles, cuando el trabajo escasea, rechazar un encargo no es una opción viable.

En tal situación, el corrector se ve ante una serie de disyuntivas. Siendo honestos, este no es realmente el problema. Un corrector ortográfico que ama su profesión y si su trabajo es retribuido como es debido, afrontará el reto y cumplirá con su labor. El problema radica en la reacción de muchos de estos autores al recibir el encargo y darse cuenta de lo que suponía «corregir» su manuscrito.

En el supuesto de que el trabajo haya sido verdaderamente exhaustivo, este tipo de autores puede reaccionar de varias maneras:

  1. Positiva: Asume la situación con sensatez y/o humildad, y agradece de buena manera el trabajo realizado por el corrector. Seguramente volverá a requerir de sus servicios. (Porcentaje de casos: 85 %)
  2. Atrevida: Ante la efectividad y los múltiples aciertos del corrector al «mejorar» su manuscrito, aprovecha para responderle con una serie de consultas ajenas al trabajo de corrección. Luego de la ayuda, pide más ayuda. (Porcentaje de casos: 15 %)
  3. Exigente: Durante el proceso, agobia al corrector con e-mails cada dos o tres días preguntando cómo va el trabajo, cuándo estará listo, por qué está demorando tanto. O bien, consultando si puede agregar o cambiar algo a última hora. (Porcentaje de casos: 10 %)
  4. Negativa: Deduce que el corrector ha exagerado con las correcciones y lo ve como un desaire a su persona. Actúa en función de lo mal que se le ha quedado el ego. Ni agradecerá ni volver a requerir de sus servicios. (Porcentaje de casos: 10 %)
  5. Inesperada: Mientras revisa todo el trabajo realizado por el corrector, encuentra un fallo mínimo (una coma, una tilde, una letra de más) y redacta una reclamación llena de indignación. Seguramente revisará el trabajo minuciosamente hasta encontrar otro fallo que confirme que el corrector no ha cumplido. (Porcentaje de casos: entre 8 y 10 %)

 

Aunque la explicación parezca exagerada, los casos de los incisos con menos porcentajes no son sacados de un libro de ficción. Por desgracia, ocurren.

Partiendo de esta realidad, sería pertinente que estos autores estuvieran al tanto de los límites del servicio por el que han pagado. Dentro del proceso de corrección de textos «mal logrado», es tan importante el trabajo del corrector ortográfico como el del autor.

No es excusa que el corrector ortográfico cometa pequeños fallos, pero esto puede ocurrir incluso con los correctores más experimentados contratados por editoriales reconocidas. El factor humano siempre está presente. Sin embargo, se debería entender que, mientras más intervenciones haga el corrector ortográfico, menos diáfano será su campo visual.

Mientras más tiempo se tome en comprender el sentido correcto o lo que pretende decir el autor en algunas frases mal construidas, acumulará más cansancio mental. En ese caso, el riesgo a cometer deslices es latente. Esto se solucionaría con una segunda revisión (segundas pruebas) pero en el caso de una autopublicación implicaría una nueva inversión por parte del autor.

 

Conclusiones sobre el alcance de la corrección ortográfica

¿Qué pretendemos decir con todo esto? Pues que el corrector, por muy profesional que sea, no es un hacedor de milagros. La responsabilidad de que una novela o un cuento estén bien escritos no es del todo suya.

La calidad de estos debe surgir desde su origen, desde su concepción y desarrollo. Hablamos aquí del campo del autor. Si una novela o cuento requieren demasiadas intervenciones, correcciones pormenorizadas y excesivos cambios por parte del corrector ortográfico (especialmente en la parte de estilo), ¿en dónde queda la función del autor?

Muchos dirán: «Si se trata de un autor novel, es lo normal, ¿no?» Nada más alejado de la realidad. Contar una historia depende tanto de la misma historia (si es atractiva, si está bien construida, etc.) como de la forma en la que esté escrita.

Un buen escritor busca un equilibrio entre fondo (contenido) y forma (lenguaje). Dicho equilibrio lo puede lograr una autor novel, independientemente de su edad o de su nula trayectoria. Escribir (hacer literatura), dependerá de muchos factores. En resumidas cuentas: práctica, formación y talento. Y eso último, se tiene o no se tiene.

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